Y ahí estaba yo; en el paraíso, rodeada de ángeles (que por cierto no tienen sexo o yo me hubiera fijado) y Adán mirándome con cara de pasmado.
Nuestro Padre Dios me había creado a partir de una de sus costillas para que le acompañara y complementara ( ¿a caso le salió con defecto de fábrica? Bueno, no nos desviemos del tema. )
Vivíamos en Edén, un jardincito coquetón que nos proporcionaba alimentos y cobijo sin preocuparnos de fieras salvajes, recibos de luz ni de hipotecas.
Adán era un hombre solícito, siempre complaciente con mis deseos. Pero cada día era igual al anterior. Habían muchas cosas de mi propia existencia que yo no lograba entender y mi cabeza era un hervidero de preguntas que comenzaban a tomar forma.

¿No eres feliz?- Me respondía Adán- ¿Para qué necesitas entonces saber el porqué de las cosas?
Yo callaba e intuía que mi curiosidad era entendida como ingratitud.
Un día el Buen Padre nos llevó hasta un árbol desconocido para mí. No era especialmente hermoso ni sus frutos exhalaban un aroma más dulce que el de cualquier otro. Entonces Padre nos prohibió rotundamente acercarnos a él. Y ahí la pifió.
A punto estuve de preguntar el motivo de tal orden. Porque vamos a ver, sino quieres que lo pruebe ¡Pues no me lo enseñes! Pero Adán me asestó tremendo codazo y mi pregunta se me quedó enclavada en el esófago. Más tarde discutimos; momento histórico señoras y señores, las primeras desavenencias conyugales de la humanidad.
¿No nos ha dicho que no? Pues será que no y punto. Mira que eres complicada, reina.- Y así, con ese razonamiento tan convincente dio por zanjado el tema. Por supuesto que esa noche él durmió en la higuera de al lado, para fiestas estaba yo.
Cada día me acercaba al manzano. Lo miraba largamente y pensaba en mil motivos por los cuales el padre no quería que probáramos su fruto. Tal vez era amargo o venenoso, a lo mejor sus hojas dañaban la piel. Pero entonces, ¿porqué no arrancarlo directamente?
Entonces ví a un bicho desconocido. Era una especie de liana móvil y resbaladiza. Siseaba al hablar.
Buenas Eva. Veo que te interesas por lasss manzanas.- Su lengua bífida tactaba una de ellas como la de Adán lo hacía con mi cuello cuando le entraba la tontería. Pero sus ojos amarillos me miraban fríos e inmóviles y algo me hizo retroceder.
Padre nos ha prohibido tocarlo. Quizás tú también debieras alejarte- Mi tono, lejos de sonar convincente era más una pregunta. La serpiente rió enroscándose entorno a la manzana.
No Eva, a mi tu padre no me ha prohibido nada. Soy libre de elegir- Su vaivén me hechizaba.-
¿Tú puedesss elegir? – El cascabel de su cola me acercó la manzana y muy lentamente se alejó sin dejar de mirarme- Eva, solo el conocimiento te hará libre, pero no pueden haber respuestasss si no hay preguntasss…
Y mordí la manzana, ¿qué podía hacer sino?. Yo había nacido de una costilla y necesitaba saber el porqué. Vivía en un paraíso y quería saber para qué. Tenía esas preguntas de las que hablaba la serpiente pero no habían respuestas. Sólo quería entender.
Y en la memoria ancestral de mis genes, permanece indeleble esa Eva desde el mismo albor del tiempo. Sigo mordiendo cada manzana prohibida, complicando mi vida con un siseo de fondo. Soy Eva, no lo puedo evitar, la curiosidad está en mi naturaleza.
Y vosotros, Adanes urbanos, no olvidéis nunca lo que el propio Dios os dijo; necesitáis a una Eva para estar completos.
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