Desayuno tranquilamente mientras leo los diarios.
Noticia-Rescatan diez emigrantes sin vida en una patera. Se estima que al menos otros tantos han desaparecido.
Pienso- Mientras yo dormía protegida en mi casa, estas personas morían en soledad, en medio de un mar frío sin que nadie supiera de su sufrimiento.
Me siento- Impotente.
En el almuerzo, entra un chico negro vendiendo CDs piratas y fruslerías. Los de la mesa de al lado se burlan de él, mareándolo sin ninguna intención de comprar.
Pienso- En cuantos cretinos tendrá que aguantar al día para poder mal comer.
Me siento- Rabiosa; con la gente, con los gobiernos, con el sistema que cierra los ojos a según que miserias.
A la consulta acuden dos mujeres rumanas. Apenas hablan castellano, pero por lo que puedo entender, no tienen papeles. Por eso prefieren pagar (¿con qué?) un médico privado. Piensan que en el hospital denunciarán su situación. Las atiendo y les explico que, con o sin papeles, serán asistidas sin problemas en la seguridad social. Es urgente practicarle unas pruebas a la más joven de ellas. Les doy la medicación de la que dispongo y no les cobro la consulta.
Pienso- Que nadie debería carecer de asistencia médica. La salud es un derecho fundamental que no se dispensa según las clases sociales ni las razas.
Me siento- Bien. Mi conciencia está tranquila por mi
buena obra.
Aparco. Un chico gesticula cabreado. Le han robado el coche.
Pienso- Desde que este barrio se llenó de inmigrantes, no estás segura ni en tu casa.
STOP
REBOWING
¿A caso sabes quién robó el coche?, ¿no te lo destrozaron a ti tres veces, mucho antes de la
invasión?
¿No te cruzas con esas personas cuando ellos
también van a trabajar?
Me siento- Gilipollas.
Está muy bien aportar dinero a ONGs. Si, ayuda a mucha gente y nos hace sentir
buenas personas.
Pero cómo pretendemos cambiar el mundo sino empezamos por nosotros mismos.
Por la integraciónRescatado de mi blog en ya.com