

…-Pero dime, ¿para qué quiero esperanza si ya no tengo el sueño roto?-
El viejo buhonero acarició el cabello alborotado del pequeño.
- Para que nunca dejes de soñar mi niño
(El baúl de los sueños rotos I...El viejo buhonero.)… -Quisiera… quisiera despedirme de mi sueño. ¿Puedo?- Sin poder evitarlo, sus ojos se habían llenado de lágrimas. Y en esas lágrimas que vertía desde que tuvo conciencia de ser, se ahogaban visiones borrosas de un mundo despiadado y cruel.
El anciano pareció naufragar en aquellos lagos de penas. Agotado y jadeante, como si hubiera luchado contra galerna marina, se giró lentamente y comenzó a alejarse.
Cuando hubo alcanzado su carro habló sin mirar al pequeño.
-Un trayecto demasiado corto para tan gran baúl. Tu regalo es un préstamo, como la esperanza que te ofrezco. Al final del camino recuperarás tu sueño y sólo si has encontrado tu propia resina podrás reconocerlo.
-¡El buhonero!- Al compás de su cantinela el viejo se fue desdibujando en la mente del niño.
El resto del día pasó como pasan los malos momentos. Unas veces lentos, otras sin dar tiempo a sentir. La noche llegó como siempre, tarde y fría, tropezándose con sus ojos cerrados y su mente abierta. Tenía miedo. Sentía pena. Quería verla de nuevo pero temía el final, siempre el mismo. Poco a poco fue entrando en esa bruma familiar que le recibía cada noche. El camino de rosas blancas que se perdía entre las nubes. El aroma a algodón de azúcar, la suave luz reflectada en las brumas. Y esa sensación de bienestar que le daba saber que ella estaba al final del trayecto. Casi podía escuchar su risa confundida con el tintineo de un riachuelo cercano. Ella era el agua, ella era la brisa, ella era la luz. Lo era todo.
Comenzó a correr llamándola. Ansiaba tanto abrazar a su pequeña, a su niña, a su hermana, que no le importaban las luces, los colores ni las nubes de azúcar. Cuánto la añoraba. Quería borrar con mil besos todo el dolor que ella había sufrido, compensarla por la ausencia. Pero sus piernas pesaban, le costaba moverse como si de pronto el aire fuera agua. Ya no andaba entre nubes sino que intentaba avanzar en un cenagal oscuro. En el fondo, miles de raíces atrapaban sus pasos como garras invisibles. Por encima de él, el camino blanco se perdía poco a poco entre copas gigantes de ramas enmarañadas.
-No, no… no te marches de nuevo- Lloraba con desespero-No me dejes sólo otra vez…
Como cada noche, la esperanza de encontrarla se desvanecía entre un enjambre de sombras. Los ogros acechaban a su espalda gruñendo satisfechos y el sonido de un sueño hecho pedazos se clavaba como cristales en su pecho.
-…El buhoneeero…- Como el eco de un sueño, una voz familiar irrumpió de lleno.
Buscó entre penumbras la figura del anciano charlatán. Recordaba sus barbas canosas y su sonrisa burlona, pero sobre todo, su pacto.
Sentía como sus piernas se hundían en el cieno y como, poco a poco el agua corrupta alcanzaba su boca cerrando así cualquier demanda de auxilio. Tal vez mejor así. Quizás fuera la solución, dejar de respirar, dejar de soñar, dejar de vivir. Cerró los ojos en este sueño que se repetía por enésima vez. La silueta de su cuerpecito se distorsionaba en el fondo de esas aguas negras. Se había rendido.
Y fue entonces cuando sintió como algo le cogía por el hombro y le arrastraba hacia fuera con fuerza. El brazo del buhonero cortaba la ciénaga como espada afilada. Las raíces se retraían espantadas ante una luz blanca que vencía a su oscuridad.
Le subió en su carro flotante y entre la humedad de sus ojos vio el camino de rosas por encima y el lago de las penas por debajo.
-Llévame con ella- suplicó- déjame en su camino- Apenas si podía respirar. Empleaba todo su aliento en su ruego.
El anciano detuvo su carro, soltó las riendas y abrazó con ternura al niño.
-No pequeño, a ese camino sólo te conducirá su cariño cuando llegue el momento. Mientras, deberás andar por tu propia senda.
Vencido por el dolor, desesperado y sin fuerzas, el niño lloró. Como lloran los niños, con el alma y con la piel.
-No podré, no sabré sin ella.
El viejo buhonero le separó un poco para mirarle sorprendido.
-¿Sin ella? ¿Pero es que aun no lo ves?- Le abrazó de nuevo- ¿Quién crees que puso en tu camino a este viejo buhonero?
A ti(El baúl de los sueños rotosIII...La tregua.)Rescatado de mi blog en ya.com