Cada día soy más consciente de que todos, absolutamente todos somos víctimas a diario de abusos y, a su vez ejercemos de abusadores. Y estos dos roles que desarrollamos en la más absoluta inconsciencia, se establecen en nuestras vidas en la mayoría de las ocasiones al amparo del “amor”.
Si ya lo dice el refrán, “Quien bien te quiere te hará llorar”. ¿Absurdo verdad? Y sin embargo, qué gran verdad en la práctica.
Los padres que asfixian a sus hijos, buscando en ellos el modelo perfecto de triunfador. Sobrecargan su tiempo libre de actividades extraescolares, no tengo claro si es para hinchar su futuro currículum con habilidades de utilidad cuestionable o simplemente para quitárselos de encima un par de horas más.
Los hijos que se apalancan en casa cual okupas con “derecho a”. Viviendo de la sopa boba mientras se matriculan por enésima vez en “4º de lo que sea”. Acabar la carrera les da al parecer, además de su diplomatura-licenciatura, un bono-plus para la depresión. Y es que claro, tantos años de esfuerzo para acabar engordando las listas del paro (y esto te lo dicen con el pijama puesto, un miércoles a las 12 y media de la mañana. Recién levantaditos de la cama). Menos mal que están los fines de semana, tiempo en el que el “niño/a” treintañero se esfuerza y consigue salir de fiesta. Algo es algo.
Y qué decir de las parejas…”pero si yo te quiero churri”. Claro, vamos tengo clarísimo cuánto le quiere. Le colma de todo lo que él/ella piensa que el otro/a necesita y generalmente se equivoca. Porque de aquello por lo cual la otra persona está sufriendo … nada de nada. A veces es tan simple como una sola palabra. ¿De qué le sirve la luna en sus manos si lo que necesitaba era una mirada? Lo mejor sin duda es la cara de asombro y el gesto compungido. “Pero churri, qué injusto/a que eres, con lo que yo te quiero y me esfuerzo por ti”. Y es ahí, en ese preciso momento cuanto tú tragas y te sientes el ser más miserable del mundo, el engendro más egoísta.
En el trabajo las cosas no mejoran. Los jefes mediocres que a falta de argumentos propios para su estatus sobresalen a costa de bajar cabezas ajenas. Los compañeros, los colegas de verdad que haciendo válido aquello de que la confianza da asco, siempre confían en que tú les salvarás el trasero. Pero es que, si te fijas, tú haces exactamente lo mismo.
Hasta el perro, ese ser incondicional que te acompaña siempre estés como estés, hasta él te pondrá carita de yo no fui. Y no te queda más remedio que calzarte el chubasquero y sacarlo a pasear así caigan chuzos de punta. También es cierto que cuando llegas a casa, hay días que tú gruñes mucho más que él y sin motivos reales.
Si nos paramos a pensar creo que el mundo sería más fácil si cada cual asumiera sus propias responsabilidades y frustraciones. Porque chaval, el curro no es un helminto de cien patas que vaya a venir a casa a buscarte. La vida no fue más fácil para tus padres, simplemente no fueron tan cómodos a la hora de vivirla. Así que mejor espabilas en vez de lloriquear que a tus años ya te queda anacrónico.
Y, papis del mundo mundial… Einstein hubo uno y suspendió matemáticas. Eres tú el que soñaba con ser arquitecto, pero resulta que Pepito, tu hijo, quiere ser electricista.
En cuanto a el/la “Churri”, no la/lo quieras tanto, simplemente quiérele mejor. Ya sabes, en el amor ni el tamaño ni la cantidad importan. Eso dicen al menos.
El perro es el único que tiene derecho a abusar de su amo, al fin y al cabo fue idea suya meter a un mastín en un piso de 80 metros.
Cómo nos complicamos la vida ¿verdad?

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