
Es domingo por la tarde, no trabajo ni tengo prisas para absolutamente nada. Estoy escuchando hace un buen rato jazz del bueno. Una de esas voces aterciopeladas que acarician sin tocar. Quizás es por eso que sonrío recordando esas ocasiones- muchísimas, demasiadas- en las que me he tomado la vida a la tremenda. No podré vivir sin él, y realmente sentía cómo poco a poco moría por dentro, incapaz de afrontar esa ausencia. O esa otra vez en que siendo un trasto de seis o siete años, me pringué toda de chicle y otras niñas se rieron de mí- bendita infancia, siempre tan cruel en su inocencia. Imaginé veinte mil excusas para que me cambiaran de colegio.
Es curioso como todos esos trances en los que creemos que no vamos a poder echar para delante pierden color y dolor con el tiempo. Vas andando, primero un paso que cuesta un mundo y después los siguientes hasta que, sin saber cómo, ya no pesa tanto el recuerdo.
Reconozco que soy tremendista-sageraita como pocas- capaz de ahogarme en un dedal de agua y sin embargo, miro hacia atrás y me asombra ver en qué mareas he tenido que navegar. Y aquí sigo.
No se bien si a toro pasado, todo parece más fácil de lo que en realidad fue. O bien es que con el bicho delante, te entran los temblores del parto y solo eres capaz de verle los cuernos al animal. Tal vez sea un poco de todo. Pero hoy no importa. Hoy no tengo prisa, hoy sonrío mientras me recuerdo como a una actriz de cine mudo, dramática y sobreactuada, desgarrando un No voy a poder.
Y tanto que si.
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