domingo, 8 de febrero de 2009

EL LIBRO ASESINADO


Nunca fui una persona de acción; imaginaba con anticipación perversa las realidades que otras personas vivían. Ni siquiera era capaz de vestir con palabras escritas esos mundos que me invadían, pues siendo de origen humilde, me vi privada de esa herramienta. Me sentía minúscula, insignificante en un mundo que se vivía por escrito.
Hasta que vendí mi alma al diablo por un puñado de letras. Sí, mis queridos creyentes, respirad tranquilos pues aun que jamás vi a vuestro Dios, he de suponer que existiendo un reverso ha de haber un anverso.
La cuestión es que me pareció una ganga aquel trueque; la eternidad encerrada en un alma inútil y amordazada, a cambio de una breve existencia libre de cualquier limitación. Él fue franco y expuso sus cláusulas sin trampas;-Tendrás el don de la palabra, nadie como tú podrá contar las cosas que vivas.-
Y firmé alegremente el contrato considerando un precio justo la inmortalidad a cambio de un barrido a mi mediocridad.
Reverso sonrió.-Nada más peligroso que un deseo cumplido-, me dijo.
Desde ese mismo instante el mundo se abrió ante mí con todas sus posibilidades, y yo parecía ser su portavoz. Alcancé una fama considerable, y mis libros se vendían por millares en todas las lenguas conocidas. Viajé traspasando todas las fronteras imaginables, cargando siempre en mis bolsillos una libreta donde anotaba cuanto veía y experimentaba, y un pequeño diario.
Antes del pacto yo no sabía escribir, y mi cabeza era un hervidero de sueños por cumplir, de anhelos inconclusos. Así que lo primero que hice fue comprar aquel librito de tapas rojas y anotar en él todo aquel enjambre de emociones. Recuerdo que lloré al leer mis primeras palabras, y me contuve, pues tenía la certeza de que hubiera sido capaz de llenar todas aquellas páginas sin problemas de una sola vez. Pero decidí que al contrario que en mis novelas, donde dejaba constancia de mi paso por la vida, en mi diario reflejaría el paso de la vida por mi; los sentimientos.
Qué estupidez la mía. A medida que mis escritos crecían, las hojas de aquel cuadernillo amarilleaban huérfanas de letras. Y yo me sentía cada vez más vacía. A todo el mundo parecía emocionar cuanto yo publicaba, menos a mí. Eran relatos muertos, estériles. Me supe una simple cronista de una vida que no conseguía saborear.
Mil veces me senté frente a sus renglones perfectos, mil veces me tembló la pluma intentando esbozar aun que fuera una simple palabra. Pero me fue imposible. Yo ya no soñaba, vivía sin sentir lo que antes sentía sin poder vivir.
Y así, con el recuerdo diario de aquel cuaderno vacío en mi bolsillo, supe que el único libro que hubiera querido escribir, murió asesinado antes de nacer, a manos de mi ceguera.
Hoy, cuando mi tiempo se cumple, me aferro a las únicas palabras que merecen la pena de cuantas he escrito:
No somos lo que tenemos, ni lo que hacemos; somos lo que sentimos y hacemos sentir. Y eso es lo único que nos llevaremos de este mundo.

N.A. Versión sui generis de El retrato de Dorian Gray (con mis disculpas a Wilde)