jueves, 11 de diciembre de 2008

DESDE EL INFIERNO


Hace mil años creí vagar en el averno.
No me equivocaba.
Me partí los brazos, el alma y hasta las ganas para vencerlo.
Pero desconocía que existen tantos infiernos como miedos,
tantos miedos como tiempos,
tantos tiempos como anhelos.
Y hoy me queman los ojos,
me arde el pecho,
el sulfúrico de mi angustia abrasa mis fuerzas.

Post DestroyerEl derecho al pataleo no me lo quita nadie. Aun que, de bien poco me sirve en estos momentos.
En fin, por si acaso, Felices Fiestas a todo el mundo. No seáis tontos y disfrutad el momento. Nunca sabes lo que viene después.

sábado, 6 de diciembre de 2008

DESDE EL OLVIDO


Como el aire, como el viento escrito en un lamento,
el recuerdo se estremece en vaivén de sentimiento.

Los días desterrados vagan disfrazados de olvido.
Apátridas de la memoria, anémicos de tiempo.
Y desde tierra de nadie horadan un presente que les ignora.

¿Dónde fuisteis horas menguadas, dejando coja a la existencia, mutilando la historia, sesgando lo vivido?
La señora Adela era una niña bien de ochenta años. Vivía en un barrio residencial, en pleno centro. Cuánto habían cambiado sus calles en el último medio siglo, desde que ella, con apenas treinta años, comenzara a caer en las lagunas de su mente.
Cada mañana se vestía con el mismo traje color crema, camisa blanca de cuello redondo, y zapatos marrones de cordones mal atados. No importaba el frío ni el calor, lo raído de la tela, o si sobraban o faltaban kilos para llenarlo. Así se vistió el día en que despidió a Jaume, su amor, aquella mañana de Abril que le vio zarpar en el mar que sería su tumba. Y así se recordaba ella, con el pelo recogido en la nuca y sus graciosas ondas en la frente. Un pañuelo blanco en la mano, una rebeca sobre los hombros y toda la pena del mundo en sus ojos.
Temprano salía de su casa con el carro de la compra repleto de antiguas fotos en sepia, un par de entradas para el teatro Principal; un ramo de novia seco, y un paquete de cartas amarillas anudadas con cinta de seda azul.
Adela cruzaba las calles sin ver, alienada de una realidad que no comprendía ni compartía. Ciega de presente, no reparaba en ese anciano caballero que la acompañaba allí donde fuera. Siempre había un encuentro casual, una presentación, un hasta mañana.
Carles, su marido, disfrutaba cada segundo de esa cita diaria consciente de que por la noche volvería el desconocimiento, la repulsa y la negación. Adela ya no le recordaba, ni a él, ni a los hijos en común. Poco a poco había regresado a aquella adolescencia enclavada en medio del pecho, y ahí se había quedado.
-Deje que le ayude.-Solícito subió el carro a la acera.- ¿Me permite que la acompañe?
Siempre el mismo trayecto hacia el puerto, el mismo café donde Germán les reservaba una mesa junto a la ventana, la misma conversación dirigida hacia aquellas cartas firmadas por Carles. Y el mismo vacío, ella no le reconocía.
Mañana será-se decía-, mañana.
Adela sonreía al horizonte, con la mirada perdida junto a su memoria.


P.D.Ayer discutía con mi madre.
-Ni se te ocurra comprar polvorones.-Más tajante imposible.
Este año han tirado la casa por la ventana y la caja de Navidad es “sagerá”, así que comprar más cosas es repetir la misma historia de siempre; en Agosto aun andamos con el turrón garrapiñado.
Pues bien; seis kilos, seis de polvorones he comprado esta tarde. Tres para la consulta-este año quiero poner en admisión una bandeja-, y tres para casa. Mi madre me quería matar.