jueves, 1 de mayo de 2008

MI PIJAMA A RAYAS


Sentada en la sala de tratamientos del hospital de día, intento aislarme de la dureza que me rodea. Mi padre comparte box con pacientes oncológicos, y por más que su salud sea delicada, no dejo de sentirnos como espectadores intrusos de una intimidad que no nos pertenece.
El gotero se desliza lentamente, y mi padre se duerme mientras el hierro fortalece su sangre.
Intento no mirar a mi alrededor por puro respeto. Me resulta muy difícil despegarme de mi bata blanca, y no repasar los protocolos quimioterápicos intentando deducir un diagnóstico. Y salvo que algún paciente quiera conversar conmigo, siempre llevo un libro en el que encerrar una curiosidad que podría ser hiriente.
A veces es imposible. La ves tan frágil que apenas tiene fuerzas para reclinar su sillón. Y en un acto reflejo te levantas y la ayudas. Su acompañante, un anciano con signos evidentes de insuficiencia cardiaca, me sonríe con agradecimiento mudo. Su agilidad está mermada no tanto por su edad, como por su disnea-dificultad respiratoria-. Entonces me cuentan su historia, esa tan dura que deja la hemorragia de mi padre en una simple anécdota. Desvisto la mirada de lástima, no la necesitan, en realidad es lo último que quisieran ver. Hablamos durante un rato de otros tiempo, dejo que recuerden esos días en los que la esperanza era una constante y no una urgencia.
Pero hoy no, hoy estamos solos en el box. Y mi libro no es un par de discretas gafas oscuras.
El Niño Del Pijama a Rayas de Johh Boyne.
La historia, su historia, se va metiendo en mi sangre como un gotero más. Y acabo mi tratamiento casi al mismo tiempo que mi padre.
Entré en aquella sala con mi uniforme blanco, y salí con mi pijama a rayas, sin importarme demasiado en qué lado de la valla caminaba.

PrescripciónDebería estar obligado por ley leer este libro. Es más, yo lo incluiría en el calendario vacunal pediátrico, con dosis de refuerzo en adultos.
No puedo contaros el argumento, simplemente leedlo.

FELICIDADES MAMÁ
De las cuarenta fotos-aproximadamente-, que le hice a tu ramo, esta en sepia es la más decente. Pero con todo, la mejor es esa en la que nos sonríes y sacas la lengua, a caballo entre la lagrimita y la protesta. No tiene precio.

Rescatado de mi blog en ya.com