
Un niño de unos siete años le había traído comida y el cachorro repartía sus energías entre comer y agradecer el regalo al pequeño.
Esperó a que acabara y entonces dejó que su perro Branco y el travieso vagabundo jugaran un rato. Daba gusto verlos cazarse. Más o menos de la misma edad, los dos perros disfrutaban como si nada más importara en el mundo.
Entonces el joven decidió que si volvía a encontrarse con aquel cachorro, más negro que un tizón, se lo quedaría dándole un hogar. Al fin y al cabo, así llegó Branco a su casa.
Una semana más tarde le vio. Esta vez no había saltos ni lametones. El perro estaba tumbado en un rincón del parque. Apenas podía moverse, lleno de colmillazos y un absceso en el lomo que le daban aspecto de herido de guerra. Tenía la boca llena de espuma y una mirada más allá de la tristeza.
Agonizaba.
No lo pensaron dos veces. El joven y su esposa envolvieron al perro en una manta y le llevaron al veterinario. Allí le drenaron el absceso, le curaron las heridas y le dieron tratamiento. Llevaba días sin beber. La deshidratación y la infección hubieran tardado horas en llevárselo por delante.
Hoy Fox, que así se llama, vive con mi hermana y mi cuñado. Tiene una caseta propia en el garaje llena de juguetes que le encanta destrozar y un compañero de juegos tan trasto como él. En apenas un par de semanas ha engordado tres kilos y sus heridas son un mal recuerdo del pasado. Cuando llegan sus papis, sube a la casa y enreda un rato en su manta con Branco. Como todas las noches, cada uno tiene su yogurt con una buena ración de mimos.
Y lo más importante, cuando sale al parque, sabe que solo va de paseo.
Rescatado de mi blog en ya.com