Tal vez por la solera de la clínica, son ya cuatro las generaciones atendidas o precisamente por tratarse de un pueblo y no de la ciudad, nuestro centro funciona como una pequeña familia en la que tuve la suerte de ser incluida hace unos años.
Con mis compañeros confío plenamente, tanto a nivel personal como profesional y me siento muy afortunada de tenerles en mi vida. Uno de ellos es el Dr Kamel Sayegh, el cardiólogo. A él le debo la vida de mi padre y muchas lecciones de praxis médica y de calidad humana. Es un hombre tremendamente dulce, con piedad y bondad en la mirada. Un fino sentido del humor y un acento foráneo que deliberadamente exagera cuando quiere marearte y embromarte. Es de nacionalidad siria y lleva mil años viviendo en España. Aquí se formó como médico, se casó con una valenciana de pro y fundó una familia como la tuya o como la mia.
Hace dos meses dejó de venir a trabajar. Su hija Samira había desaparecido una mañana dejando su audífono, padecía de sordera, y sin ninguna documentación.
Todo su entorno, amigos, familiares; todo el mundo nos volcamos en una frenética búsqueda esperando que Sami apareciera, sin preguntarnos los motivos ni las circunstancias.
He de decir que la respuesta en general ha sido impresionante. En la calle, los pacientes, los comercios… Todo el mundo se prestó a difundir la foto y los datos de Samira. Y aquí, en internet, donde Jordi me ayudó a crear la plataforma de búsqueda y miles de personas difundieron el mail que se lanzó desde varios frentes. Los blogers que postearon en su bitácora, los que enlazaron con su página. Los webmaster con aforo de miles de personas en sus páginas y que respondieron a mi demanda de ayuda. A todos ellos, a todos vosotros; GRACIAS.
Esta mañana acabó la búsqueda. La noticia en prensa del hallazgo del cuerpo de Samira, nuestra Sami, descuartizado en un piso de Valencia cerró las puertas a cualquier esperanza.
No quiero caer el lo sensiblero. Estoy mal y no encuentro palabras para expresar la lástima que siento por Kamel y su familia. La pena al pensar en esa joven que ni gritar pudo para pedir auxilio. Y tengo miedo. Me aterra el hecho de que existan personas capaces de hacer lo que ese monstruo ha hecho.
Vi a Kamel en la televisión, envejecido, con la mirada vacía, sin palabras ni argumentos de vida. Los periodistas acosándole con micrófonos, violando ese dolor sin respeto alguno.
Y lloré. No puedo hacer más que llorar.

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