¿Somos amigos?-preguntó el joven cordero, en ese idioma que sólo entienden los niños.
El pequeño, de cara sucia y mirada triste, frunció el ceño y exclamó- ¡Pues claro! Pero si te ví nacer, eras una bolita peluda que no sabía ni andar. Y sin embargo- contestó el animal- cuando crezcas me matarás para saciar tu hambre. El niño guardó silencio durante unos minutos. Luego, sin mirar a su amigo contestó. -Tranquilo, yo no me haré mayor. Una bomba me matará antes de que mi voz cambie. -Pero si a ti no te pueden comer.- Respondió el cordero. -No importa Bolita, para ellos yo también soy rebaño.
Ya hice el examen del curso (Directora de instalaciones de radiodiagnóstico…El título impone ¿verdad?, pues solo me sirve para seguir haciendo radiografías). Por unas horas volví a mis tiempos de facultad; esto es, mucho café, cuatro horas de sueño, despeño diarreico por la mañana, y un no entender ni lo que se lee justo antes de empezar. Con las clases por la mañana y dos consultas por la tarde, he tenido que rascar horas al sueño para poder estudiar y aun así he ido muy justa de tiempo. Estoy muerta. Eso sí, me he reído lo mío con mis compañeros. Todos postgrado; veterinarios, odontólogos y médicos, haciéndose chuletas que no servían para nada, llegando al estrabismo intentando copiar. Y yo, con mi dislexia, procurando no meter el remo al pasar el cuestionario a la plantilla. Esta tarde me llama O para consultarme sobre la historia de un paciente. Él también hizo la prueba esta mañana. -¡Oye!- me dice- Que se me ha metido un electronvoltio por el culo y se me han iluminado los ojos. ¿Tú crees que eso cuenta como absorbente de radiación o me tengo que colgar un trébol rojo al cuello y considerarme como Zona de acceso prohibido? -Ah, pues no se chico. A mi me ha salido uno por la boca que me ha dejado el pelo a lo rasta, pero yo no me pongo el trébol ni aun que me pasen el dosímetro por las meninges. Lo que hace el cansancio. Bueno, ya os contaré si he aprobado o me mandan de cabeza a la repesca con empacho de física nuclear.
Nunca voy a comer a casa, pero hoy tenía el dichoso curso. Mil años haciendo placas y ahora necesito un papelito que me acredite como directora de instalaciones de radiodiagnóstico. Así que en eso estamos; he vuelto a los electrones, radiaciones electromagnéticas y colimadores. A la salida, me ha sorprendido ver varias ambulancias y coches de policía en dirección al centro de la ciudad. La gente parecía absorta en sus coches, caras largas y más de una expresión de incredulidad. Me sentía rara. Al llegar a mi casa entendí. Cuarenta y una personas han muerto hoy en el metro de mi ciudad. Mientras escuchaba las noticias, seguía oyendo las sirenas en la calle y veía la consternación en esos rostros anónimos de la pantalla. Escribimos nuestras vidas con ligereza, pensando que es una historia sin final. Pero nunca sabemos cuándo se trata del último renglón. Un día como otro cualquiera, te levantas y te vas a trabajar, dejando tantas cosas por hacer, tanto por decir. Un día como otro cualquiera no regresas y nadie puede entender lo absurdo del tiempo perdido, la poca importancia que en realidad tienen las cosas que nos amargan la vida. Estoy de luto con mi ciudad y no me importa quién tiene la culpa ni quién debe asumir responsabilidades. Ahora no, ahora solo quiero llorar.
Allí, en la copa de un árbol me encontré con aquel extraño esparciendo hojas muertas a los cuatro vientos.
Hosco, con cara de pocos amigos, sombrero de copa y un traje raído. Mantenía un equilibrio imposible sobre la frágil rama, balanceándose como un tallo a punto de quebrar. Parecía no importarle la altura, con la mirada extraviada en sus manos lanzaba sus hojas con gesto firme y severo. - ¿Qué haces?- me atreví a preguntar. Sin mirarme si quiera, sin dejar su tarea, me contestó con voz rancia y cansada, – Siembro el Otoño. Mi carcajada paró en seco su trabajo. – Tú estás loco ¡ Pero si es primavera! Me miró con desprecio y sonrisa cínica.- Pobre infeliz ¿Qué harás cuando llegue mi hermano el Invierno? Cuando hielen tus huesos, lluevan tus ojos, se nuble tu mente, nieve en tu pecho y plague de tormentas tus recuerdos. Dime, ¿te burlarás entonces? El viento arrastró la hojarasca formando una cortina entorno al hombre. Me alejé con prisas, sintiendo un galope en el pecho, como el tictac de un reloj implacable. Corrí hasta el borde del tiempo y allí, frente a mi vida, descubrí las primeras hojas muertas de mi otoño.
Excoriaciones de tiempo abren heridas sangrando recuerdos antiguos. ¿Por qué duele lo viejo, si ya no hay corrientes que muevan molino?
Hay días que tengo la sensación de ver mi vida por primera vez, como si fuera una completa desconocida. A veces no me gusta. Esos días, en los que despierto con legañas de tiempo gastado pegadas en la mirada, soy una anciana acabada andando sus últimos pasos. Volver a nacer resulta cansado. Otras, descubro un revuelto de trenzas y hoyuelos, sucias rodillas y el chapoteo de unos pies descalzos en un charco. Una Quijote de lanza en mano, jamelgo huesudo y una sonrisa por escudo. Y pienso en cuantos gigantes de ayer y de hoy lidiaré por el camino.
Se que es una tontería, que miles de personas lo hacen a diario. Pero hace dieciocho años que yo no podía. Primero por la medicación para un foco irritativo, luego no me dejaban por estar baja de peso. Hoy pude donar sangre. Y mientras lo hacía pensaba en hace unos meses, cuando mi padre sufrió una hemorragia digestiva que le llevó a la UCI y el altruismo de donantes anónimos le salvó la vida. Ya ves, veinte minutos de tu tiempo se convierten en años para otra persona. Cuesta poco ¿verdad?
Digo yo, que visto lo visto y con los tiempos que corren, o te radicalizas o no eres nadie. Si eres de derechas debes seguir la máxima del no porque no. Si lo tuyo es la izquierda tendrás que tragar con los pactos adquiridos para poder gobernar, sonriendo a ser posible. Si comulgas con la iglesia, denostarás a tu vecino gay, por más que sepas que es buena gente. Y si tu fe es musulmana mirarás con desprecio a los infieles, aun que tus hijos y los suyos jueguen juntos en el parque. La mente abierta y el criterio propio están démodé. El problema es que yo no encajo en ningún perfil Ultra por más que me empeñe. Así que he decidido montarme mi propia yihad o cruzada andayera y he hecho una Lista negra de Objetivos a perseguir. El primero primerísimo es Newton (dos velas negras para él). Que ya se podía haber comido tranquilamente la manzana y olvidarse de la gravedad. Así no tendría que andar yo preocupada por tener un culo tobillero. El segundo puesto se lo lleva el sádico perverso que inventó el Euribor (lo siento, no se quien es. Mi incultura no tiene límites, como su mala leche). A este no le basta dos velas, dos cirios pascuales por lo menos y un arsenal de agujas en su cabeza. En tercer lugar pongo a los estrógenos, esa hormona loca que me convierte mensualmente en la novia de Chuckie. ¿Os habéis fijado en el anuncio ese en el que sale Miss-sonrisas-profident diciendo- Tengo la regla, y me encanta ser mujer? La mataría. Sí, ser mujer es lo mejor que me ha pasado en la vida, por veinte mil razones excepto por esa. Fíjate tú si soy rarita, que no me hace feliz hincharme como un botijo ni que me duela la barriga. La moda Fitnes es el cuarto elemento. Vamos a ver, trabajo doce horas y se supone que debo encontrar tiempo y ganas para someterme a tortura voluntaria en el banco de abdominales, la bicicleta elíptica y las mancuernas. Pues va a ser que no. Y para acabar, de momento, reservo el quinto puesto para los petardos y petardas que viven de contar con quienes se acuestan, a los buitres que los entrevistan, y a los morbosos que dan coba a semejante esperpento. ¿Y a mi qué me importan las cornamentas ajenas? Bastante tengo yo con cuidar de no llevar una. En fin, supongo que mi lista podría ser mucho más larga. Aceptaría sugerencias, pero ahora que soy radical no puedo entablar diálogo. (Leches, estoy empezando a parecerme a un señor con barbas, político, que cecea un poco al hablar)