No suelo pasear, lo reconozco. Entre semana sueño con perderme por un camino rural, rodeada de silencio y de esa sensación de no hay prisas con olor a café y sábanas calientes. Pero cuando llega el momento, el cansancio mental se transforma en losa que me aplasta las ganas. Luego, la rutina comienza de nuevo y me arrepiento. Así que hoy, tirando más de voluntad que de ánimo, cogí la bicicleta y salí de mí casa, dirección a ninguna parte.
No recuerdo cuanto rodé, supongo que poco, el frío y la falta de costumbre entumecieron pronto mis piernas. Salí del camino y subí por una loma. Allí me encontré con una mujer bien extraña. En realidad cuanto me rodeaba lo era. Una casa de muros de piedra y tejado de paja, con un establo de madera adosado y una cerca para las gallinas. Un mastín viejo me miró desde la entrada, pero las gallinas parecían interesarle más que yo.
La mujer vestía unas ropas curiosas, casi medievales diría. Llevaba una especie de cofia con orejeras que le daba cierta similitud con sus ovejas, una falda larga y andrajosa, y un chal de punto lleno de agujeros y remiendos. Estaba tendiendo en una cuerda sujeta por dos estacas.
-Esta tarde lloverá- Me dijo mirando al cielo de reojo- Pero con un poco de suerte se me secarán las hojas.
Entonces me fijé. No era ropa lo que tendía, sino páginas escritas en una especie de tejido semejante al papiro. Debí poner cara de no entender nada porque la mujer me preguntó- ¿Qué pasa, nunca has lavado un libro?
-No, la verdad- le contesté- ¿para qué lo haces?
-Pues para limpiar lo que está sucio- me respondió como si fuera lo más obvio del mundo- Ya soy vieja. Demasiado vieja.-Miró sus manos nervudas llenas de manchas café con leche
-Ayer leí mis diarios y vi partes de mi vida más negras que el hollín. No he sido una santa ¿sabes? Pero la vida es dura y a veces hay que hacer cosas para defenderse-Me miró desafiante.
-Yo rompí los míos- contesté. No sabía porqué aquella mujer me contaba todo aquello ni qué esperaba que le dijera.
-¿Tan sucia ha sido tu vida?- me preguntó.
-No, no-respondí.- Empecé a escribirlos porque siempre tuve miedo a olvidar quien era, a perderme en el tiempo. Pero al leerlos supe que ya no necesitaba guardarme por escrito, que yo no era unas frases escritas que pudiera borrar o extraviar. Me di cuenta de que yo era mucho más que mi historia. Mi vida era lo que yo decidiera en cada momento. De alguna manera me había llegado a encontrar. Así que los rompí.
La mujer miró las hojas mojadas estrujando con resignación una de ellas.
-Tal vez tengas razón, niña. Somos lo que somos en cada momento.
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