Arístides era un viejo rancio con muy mala leche. Llevaba tantos años sin pronunciar palabra que las gentes del lugar llegaron a creer que era mudo. Pero no, Arístides no hablaba simplemente porque no tenía nada que decir. Sus ojos velados habían visto demasiadas cosas que no hubieran querido ver y ahora su boca se cerraba en rebeldía obstinada.
Pasaba días enteros en los vertederos de la ciudad rebuscando entre lo que otros ya no querían. Solía encontrar tesoros revestidos de años de suciedad y mal uso. Tenía esa habilidad; esa que solo tienen los que carecen de casi todo.
Dejó el pequeño baúl sobre el mostrador.
-¿Qué me traes, viejo?- El anticuario miró la pieza con ojo crítico. Estilo castellano, remaches de forja hechos a mano, frontal de madera labrada en fina rejilla. Pagarían una fortuna por él, pero solo una ínfima parte iría a parar a manos del vagabundo.
-Te doy veinte. No creo que saque mucho más de esta basura-
Arístides cogió el dinero. Sin regatear, sin escupirle a la cara la palabra que estallaba en su cerebro; ladrón.
Un mozo de almacén salió corriendo escoba en mano. Delante de él escapaba un perro viejo, escuálido, negro de puro sucio.
-Como te pille, te reviento ¡chucho asqueroso!- Vencido por sus kilos y la fatiga, el mozo había parado su carrera y amenazaba al animal en la distancia.
Entonces Arístides y el perro se miraron, y sucedió algo que escapó a la comprensión de cualquier ojo humano.
Ven- dijo el anciano. Su primera y única palabra fue para aquel ser indefenso, un marginado como él.
Perro y viejo marcharon en silencio, ajenos al resto del mundo, como dos compañeros de camino.
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