jueves, 27 de marzo de 2008

ESPANTAPÁJAROS


En la Soledad del destierro, confinada por voluntad propia en este silencio atronador. Nadie entiende mis gritos, ningún ser coherente se da por aludido en esta fuga sin tregua. Desviar la mirada, pensar que ese frío roto no es personal. Negar mi existencia, tildando de producto mi condición. Tachar de cobardía mi renuncia.
Fácil, sencillo ser sordo.
Y yo, que descosí mi boca solo para gritar mis silencios, quedo queda en mi rincón, riendo la risa sardónica de quien salta a la comba con la locura.
Pero ¿sabes?, al menos yo se quien soy y en lo que me he convertido. Se de mis miedos y mis carreras hacia donde no me lleguen. Se de espejos rotos, crueles ediles de una verdad vestida de dolor. Se de fracasos, de sueños quebrados barnizados de renuncia razonable. Se de vientres secos por metas negadas. Estéril campo de anhelos marchitos.
Pero ante todo, se de mi. Ese silencio escupido a gritos, que hoy se fragmenta en mil déjame en paz.
Estoy asustada, débil, enferma por dentro y por fuera. Y solo quiero el abrazo de ese mutismo que nunca me falla.
Déjame en paz. No es tan difícil, solo imagina que no existo.
Volad pajaritos, volad, que aun ni claudico ni muero.


P.D.Estoy vaga, sobre todo muy cansada y débil. Así que copio un post que colgué en el foro.

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lunes, 24 de marzo de 2008

COMO ELEFANTES EN UNA BURBUJA


Así vivimos

Tal vez, si pudiera volver a ese punto en el que todo era agua, y fuera capaz de borrar las palabras escritas dejando mis páginas en blanco.
Quizás si olvidara lo aprendido, refugiando en la ignorancia la inocencia perdida. Si consiguiera limpiar con mis manos, el vaho de los años vividos, como el cristal que la noche empaña de escarcha.
Puede que entonces caminara erguida, sin el lastre del paso arrastrado en mi sombra.
Perdería mi piel en ese desnudo de memoria, y con ella, el aliento para andar con la cabeza alta, la mirada tibia, y el corazón en calma.
A lo mejor, mereció la pena el camino.

P.D.Pero hoy, hoy déjame en paz. No llenes mi nevera con palabras precocinadas de digestión rápida. Nunca fueron fáciles de tragar.
Escuchando:Hit The Road Jack de Laverne Butler

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sábado, 15 de marzo de 2008

HABILIDADES


Se me rompen las lágrimas como el cristal de una copa que apurada se estrella en un llanto.
Quiebran las penas en humedad salada.
Y tiembla, tiembla la voz callada de una herida marchita.

Le miro a los ojos y me pierdo en su inocencia. Ese brillo tan especial que viste la mirada de quien ve algo por primera vez. Tiene ocho meses, dos dientes a medio salir, y toda las promesas de una vida por cumplir. Mi sobrino me cuenta en su lengua de trapo, la magia que encierra descubrir el mundo.
Y no puedo evitar hundirme en mis recuerdos, volver a mi consulta y enfrentarme con otra mirada, fría y muerta como un desierto glaciar.
Resume con palabras asépticas, el motivo de su pérdida de peso, como quien lee la lista de la compra, directa, estéril, en tercera persona. No puedo defenderme de la crudeza de su dolor. Entiendo su dureza, pero sé por amarga experiencia, que la fortaleza no te hace invulnerable, y que tarde o temprano, acabará sofocada por esa máscara de entereza. Carmen se ha convertido en el pilar de su hija, la viga maestra que mantiene en pie la esperanza de una vida normal. Duplica sus días entre su casa y la de su hija, al cargo de sus dos nietas, de dos y de cuatro años. Mientras, ambas esperan el día del juicio por abusos sexuales, contra el padre de las pequeñas. Anhelan una condena que les libere del miedo a que ese engendro pueda hacerles daño de nuevo.
Pero ninguna sentencia exonera el sentimiento de culpa. Y cargarán el resto de sus vidas con ese maldito Cómo no me di cuenta.
Los ojos de Andrés, mi sobrino, resbalan por mi cara, confiados y a salvo.
Y recuerdo a María. Firmeza fingida en la voz, agresividad defensiva en un chulesco y a mi qué. Treinta años encerrados en un cuerpo empeñado en borrar cualquier rasgo femenino. Vino a por una analítica rutinaria, pero desde la misma puerta pude leer en su mirada un grito callado. La provoqué deliberadamente, la reté con un nada es tan importante, sin saber muy bien con qué me iba a encontrar. Y recogió el guante como esperaba, por la propia inercia de luchar contra todo.
Ella, la fuerte, la indomable, la incomprensiblemente dura, se desarticuló como una muñeca de trapo en mis manos. Levanté sus máscaras, como escaras de herida vieja, hasta llegar a la víctima de boca cosida. Abusada desde los cuatro a los doce años. Alienada de una vida normal, incapacitada para ser y ejercer de mujer y persona.
Soy el segundo ser en este mundo que conoce su historia. Y no soltaré su mano hasta que sea capaz de mirar a la vida de frente, sin reto en la mirada y sin vergüenza en el pecho.
Andrés me sonríe provocador. Sabe que no puedo resistirme a sus hoyuelos, ni a ese tata, que es más interpretación mía que otra cosa. Yo me dejo camelar sin condiciones, su voluntad de ocho meses puede más que mi experiencia de treinta y nueve años.
Y me levanta la piel la sola idea de que alguien le pueda hacer daño.
No tengo hijos, no he conseguido ser madre, y me temo que nunca lo seré. Pero este instinto protector hacia los más pequeños, transciende al sentimiento maternal. Es algo que va más allá de una ley o de un código moral. Sigo sin poder entender cómo nadie puede hacer algo así. Y continúo sorprendiéndome de la frecuencia con la que me tengo que enfrentar a esos monstruos enmascados por la memoria de sus víctimas.
No podéis imaginar cuantísimo dolor siembran.
La vida nos da habilidades que no buscamos. La mía es ver el sufrimiento oculto. Y no puedo desviar la mirada hacia otro lado menos oscuro, como sino pasara nada. Simplemente, no puedo.

P.D.Post duro, pero infinitamente menos que esas consultas.

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sábado, 8 de marzo de 2008

MIL PÁGINAS EN BLANCO


Heme aquí, al final de mis días, enfrentando mis manos descarnadas al juicio de un papel en blanco. Y no temo el castigo, a estas alturas de mis años respirar es un exceso, morir un descanso; y el sufrimiento, nada nuevo. Es lo que tiene ser vieja; excepto la muerte, el resto ya lo he probado todo.
Pero antes de marchar, debo confesar-más bien compartir-, algo que durante años he guardado celosamente en mi memoria; mi más preciada pertenencia.
Yo era joven y desgraciada. La vida había cargado a mis espaldas un marido alcohólico que desapareció en cuanto hubo otra que le aguantó con más paciencia. Me dejó con tres hijos que alimentar, muchas deudas que pagar y varias señales en el cuerpo.
Sin preparación ninguna, tiré de mis dos manos para echar adelante. Trabajaba día a día limpiando allí donde me llamaban, sin preocuparme por las horas, ni amedrentarme por el cansancio. Mi único objetivo era llegar a mañana con la nevera llena y sin recibos devueltos.
Entonces, una de las señoras para la que limpiaba, sufrió un derrame cerebral y sus hijos la ingresaron en una residencia.
Yo tenía afecto por aquella anciana dama venida a menos, y al margen del trastorno económico que para mi suponía esas horas de menos, sentí mucha lástima por ella.
Solía hacerme parar el trabajo a media mañana para que preparara dos tazas de chocolate con bollos. Nos sentábamos en su inmenso salón lleno de fotos antiguas, y mientras almorzábamos, ella me hablaba de tiempos pasados, cuando aun era dueña de sus fuerzas y de su memoria. A menudo me tenía preparada una bolsa con comida y algunas golosinas para mis hijos.
Esa misma semana, me quedé sin mi otra fuente de ingresos y el mundo se me vino encima.
Recuerdo la mañana en que me levanté sin trabajo al que acudir. Sola en casa, con los niños en el colegio, y sin nadie a quien pedir ayuda. Por alguna extraña razón me acordé de mi vieja dama, la única persona que me había tratado con respeto y afecto, y decidí ir a visitarla.
La residencia era una mansión. O al menos, eso me pareció a mi comparada con el bloque de hormigón en el que mis niños y yo sobrevivíamos. Rodeada de jardines soleados, los vejetes paseaban de la mano de enfermeras, o en pequeños grupos entre animadas conversaciones. Algunos jugaban a la petanca, otros, en silla de ruedas, dejaban su mirada perdida en cualquier rincón de ese hermoso lugar.
Entré en la amplia recepción sintiéndome pequeña y fuera de lugar.
Una administrativa de sonrisa tan blanca como su uniforme me preguntó que qué deseaba. Le contesté que buscaba a mi señora, para hacerle una visita.
Ella tecleó un par de segundos en su ordenador y cambió su semblante. Me informó de que la anciana había fallecido hacía apenas dos días. No lloré, no me quedaban lágrimas, pero sentí el vacío de la madre que no tuve.
Entonces reparé en el letrero del tablón. Se necesita señora de compañía para cuidar a anciano. No entendí muy bien esa necesidad justamente en aquel lugar.
-Disculpe,-pregunté de nuevo- Ese anuncio…
Y así fue como le conocí.
Ernesto era un anciano millonario que por voluntad propia, había decidido donar sus bienes en vida a sus herederos, y olvidarse del mundo. Conservaba, eso si, una considerable renta que le permitía excentricidades como la de tener una cuidadora en exclusiva. Y esa iba a ser yo.
Esperaba a un ser con limitaciones, débil y enfermo. Pero para mi sorpresa, Ernesto tenía mejor forma física que yo y un humor envidiable.
Me miró a los ojos y me preguntó-¿te gusta leer a las personas?
Y aun que no entendí muy bien a qué se refería contesté,-Me gusta leer y me gustan las buenas personas, señor.-
-Entonces háblame de tú, y de ti.- respondió.
Esa fue toda mi entrevista de trabajo. Acordamos un horario flexible, que me permitía atender a mis hijos y tener mi propia vida, y un salario con seguridad social incluida que sobrepasaba con mucho mis expectativas y necesidades.
Ernesto era peculiar en todo. Vestía ropa cara pero cómoda, que le daba cierto aspecto bohemio pero cuidado. Desde el mismo día que le conocí, cargaba siempre con un libro de tapas duras y desgastadas.
Con frecuencia, se sentaba en el jardín junto a uno de esos enfermos de mirada extraviada, y les leía largo rato de ese libro.
Un día, lo dejó abierto sobre el banco de madera mientras se acercaba a saludar a una ancianita que paseaba con andador.
Entonces fue cuando vi que todas las páginas del libro estaban en blanco. Levanté la mirada sorprendida, y la enfermera que acompañaba a Doña Adela- así se llamaba la pequeña dama-, me sonrió llevándose un dedo a la boca en señal de silencio.
Más tarde estuve hablando con ella. Me contó que Ernesto sufría una demenciación leve muy peculiar. Todo el trastorno consistía en que leía un libro de páginas en blanco. Y realmente creía estar leyendo. Yo misma le había escuchado recitar un pasaje entero de El Quijote a Julián,-un bombero de unos sesenta años que se había quedado tetrapléjico al salvar a un niño en un derrumbe. Tuvo el tiempo justo de sacar al pequeño, pero el techado cedió, rompiéndole la espalda-.
A Margarita,- una viejecita que se creía adolescente, y esperaba día a día una carta de su amor-, le leía Como agua para el chocolate.
A mi misma, cierta tarde lluviosa en la que no pudimos pasear, me preguntó si deseaba que me leyera un rato. Habíamos estado hablando de mis hijos, del cambio de casa. Ahora vivíamos en un barrio obrero, con jardín y la escuela a dos pasos. Teníamos calefacción, lavadora y hasta una tele con video. La seguridad era una sensación nueva para mí, y yo era feliz.
Ernesto sonreía con estas cosas. Para cualquier persona que hubiera vivido toda su vida rodeado de lujo, mis pequeños logros serían minucias. Pero no para mi caballero. Se le iluminaba la mirada cuando le contaba mis historias domésticas, cómo poco a poco, había conseguido llevar nuestras vidas a una normalidad.
Era mucho lo que yo tenía que agradecerle. En realidad, era todo.
Esa tarde abrió el libro y leyó para mí. Yo aun no sabía que las palabras procedían de su mente extraviada, y que no estaban impresas en el papel.
… La mayoría de las gaviotas no se molesta en aprender sino las normas de vuelo más elementales: como ir y volver entre playa y comida. Para la mayoría de las gaviotas, no es volar lo que importa, sino comer. Para esta gaviota, sin embargo, no era comer lo que le importaba, sino volar…

Me leyó Juan Salvador Gaviota.Y me reconocí palabra por palabra en aquella gaviota que luchaba contra la imposición de circunstancias, incluida su propia condición. Yo también había volado en picado, pese y contra el mundo entero.
Me di cuenta de que mi querido Ernesto le leía a cada persona el libro que mejor le definía. Aquel que recogía su esencia.
Nada cambió para mí el saber de su locura. Muy al contrario, me fascinaba cómo utilizaba hasta su demencia para ayudar a las personas. Y le quise más por ello, era mi referente paterno, mi mentor y mi amigo. Poco me importaba si estaba cuerdo o no.
Pasaron años, los más felices de mi vida. Y a lo largo de ese tiempo, fueron muchas las veces en las que leyó para mí. Siempre el mismo libro imaginado en aquellas páginas en blanco.
Un día, como cada mañana, acudí a su habitación. Y le encontré acostado, con las gafas de oxígeno puestas, y mil cables saliendo de su cuerpo, conectados a máquinas extrañas.
Mi viejito agonizaba.
El médico habló conmigo, como lo hubiera hecho con el familiar más cercano.
-Ernesto se nos va,-me dijo cogiéndome las manos.- Su corazón ha dicho basta, y nada puedo hacer por evitarlo. Pero te prometo que no sufrirá.
Luego, Miguel-que así se llamaba el médico-, me abrazó permitiendo que llorara como hacía mil años que no lo había hecho.
-Venga, límpiate esa cara, que él te espera. Sabe que se muere y no deja de preguntar por ti.
Entré en la habitación. Estaba tan pálido y se le veía tan frágil…
-Ernesto- le llamé con un hilo de voz.-
-Vaya,-sonrió- tengo que estar muriéndome para que por fin me llames por mi nombre.
No pude evitar que las lágrimas resbalaran por mi cara.
-Quita, quita,- me dijo levantando las manos- ven aquí, mi niña.
Me acerqué a la cama y cogí sus manos sin poder responder.
-No debes llorar, pequeña- como siempre, su voz era paz pura.- Yo ya he aprendido cuanto debía, y justo es que descanse.
Respiraba con dificultad, y sus labios amoratados, temblaban entre palabra y palabra.
-Tú has sido una bendición durante todo este tiempo, y quisiera de alguna manera expresarte todo el agradecimiento y afecto que siento por ti.-
No me permitió protestar.
-Os he legado una renta a ti y a tus hijos para que no tengáis que volver a preocuparos por el mañana. Pero a ti, mi Juan Salvador Gaviota, te dejo mi libro.-Me señaló el escritorio donde estaba.- ¿Te importaría leer para mi?
Cogí el libro, consciente de que no había nada escrito que leer. Lo abrí por su primera página, y simplemente leí.
… Miren con atención este paisaje para estar seguros de reconocerlo, si viajan algún día por el desierto de África. Y si llegan a pasar por allí, les suplico que no se apuren y que esperen un poco, justo bajo la estrella. Si entonces se les aproxima un niño, si ríe, si tiene cabellos dorados, si no responde cuando se lo interroga, podrán adivinar de quién se trata. Entonces, sean amables. No me dejen tan triste, escríbanme pronto que ha regresado...

No me preguntes cómo, pero hoja a hoja, le fui leyendo El principito a mi viejo y noble soñador. Con la última palabra, él se marchó a su estrella particular.
Cerré el libro y lo abracé contra mi pecho. Las máquinas estallaban en pitidos paroxísticos, y el personal sanitario rodeaba su cama intentando reanimarle. Pero yo sabía que mi príncipe no iba a regresar.
-Pobre anciano-comentó una enfermera-, era encantador pese a su locura.
-¿Loco?-le contesté- Jamás conoceré a nadie más cuerdo que él.

Y a ti, lector de este libro de páginas en blanco, gracias por saber ver sin necesidad de mirar, la historia de esta anciana que sufre tu misma locura.
Tuyo es el libro.

P.D.Post extra largo. Mil perdones.
Vivimos tiempos difíciles, ayer fue un día especialmente duro. Pero quiero pensar que por cada desalmado, por cada perverso indeseable , existen cientos de Ernestos por los que merece la pena levantarse y seguir caminando.
Mi más sentido pésame a las familias de Mari Luz e Isaías.
Y a los hijos de puta que nos privaron de su existencia, recordarles que mi voluntad y la de resto de personas humanas, pesa más que sus armas y su depravación.
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jueves, 6 de marzo de 2008

SIMPLEMENTE NO


Ya no
Decir NO puede costar un mundo. Esa palabra escueta, que apenas representa un segundo de sonido, intimida hasta el extremo de demorar eternamente una decisión.
No a algo, No a alguien, No a una situación gravosa.
Una sílaba, dos letras que se atrancan en la garganta hasta un punto cercano a la asfixia. Piensas mil veces en esa barrera infranqueable de dos fonemas, y te duele cada palmo de ese muro.
Pero al final, cuando inevitablemente y por mera supervivencia logras pronunciarla, te tropiezas a pecho descubierto con la indolencia y aceptación. Sin la menor lucha, sin atisbo de que a alguien le importe nada todo ese sufrimiento hasta llegar al no puedo más.
Qué difícil es para mí decir No.
Qué sencilla es la aceptación que no implica renuncias.
Y no se de qué me sorprendo. Recibir siempre es fácil, llorar lo es más, pero vivir solo lo logran los luchadores.

P.D.Pues ya hemos abierto el centro nuevo. No se si lo comenté, ahora soy copropietaria, en sociedad con el pediatra. Vamos, que ahora tengo mi propio centro médico. Quién me lo iba a decir.
Estoy agotada. Han sido dos meses tremendos. Localizar local, todo el papeleo de la sociedad y de los bancos, las obras, la mudanza, la croqueta-esta requiere capítulo a parte-, la hemorragia de mi padre, el hospital, la auditoria en la inspección, la caída de mi madre, mis tres trabajos…
Y un NO. Merecido, demorado e irreversible.
Tú mismo.

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