jueves, 9 de octubre de 2008

VIVIR O PERVIVIR

El valor de la vida

Somos carceleros despiadados de nuestras propias opciones.

Lo veo demasiadas veces en la consulta. Gente que prefiere cerrar los ojos y esperar a que todo pase, como si la vida fuera un mal día que acaba al irse a la cama. El problema es que no sabemos si habrá un mañana después de esa noche sin sueños. Y me revienta enfrentarme a esa actitud abúlica, toda resignación, como si pudiéramos pasar palabra o esperarnos al siguiente turno, para con suerte, tener mejor jugada.
Que no, que no tenemos ni puñetera idea de cuántas oportunidades podremos disfrutar, y hay que pelear con uñas y dientes esta baza.
Ayer, una paciente me contaba con palabras asépticas, una vida de resignación y vacío. Casada desde hace diez y siete años, hace al menos cinco que tiene asumida una soledad compartida. Esa carencia ha condicionado una conducta compulsiva que requiere tratamiento. Y con eso se conforma, con la pastilla que le permite seguir cerrando los ojos sin dolerse demasiado. Ha desarrollado pautas de autocontrol tan rígidas que esclavizan su existencia. Y niega, se niega cualquier oportunidad de cambiar las cosas. Son así y así las acepta con aire de fracaso. Su marido, ni siquiera imagina que tienen un problema, tal vez porque no se ha parado jamás a pensar en que el silencio cada día más hermético de su esposa, no traduce complicidad, sino hastío y soledad.
Yo la miro, apunto y disparo. Descargo los golpes en las esquinas más vulnerables de su coraza. Desarmo sus esquemas de justificación sin piedad, y la dejo desnuda de razones, con la impotencia expuesta en la piel. Vives o vives, no tienes opción.
¿Qué valor le damos a nuestras vidas? ¿Cómo somos capaces de inmolarnos en una rendición sin condiciones, negando cualquier oportunidad de ser felices?
No se vosotros, pero personalmente pienso que la vida más que un regalo, es una responsabilidad, y me siento con la obligación de al menos intentarlo.
P.D.Caen chuzos de punta en mi ciudad. Los días grises me provocan el Efecto Caracol, vamos que ni me asomo a la puerta de casa. Debo tener algún gen de oso- por la hibernación mal pensados, no por lo peluda-.

2 comentarios:

uno me dijo:

por lo peluda tambien, juas, juas

Andaya me dijo:

La madre que te parió. Cuando te pille, ni dios te libra de una jartá de inyecciones.
Voy armada-con el recetero-y soy peligrosa...que-lo-sepassss