sábado, 8 de marzo de 2008

MIL PÁGINAS EN BLANCO


Heme aquí, al final de mis días, enfrentando mis manos descarnadas al juicio de un papel en blanco. Y no temo el castigo, a estas alturas de mis años respirar es un exceso, morir un descanso; y el sufrimiento, nada nuevo. Es lo que tiene ser vieja; excepto la muerte, el resto ya lo he probado todo.
Pero antes de marchar, debo confesar-más bien compartir-, algo que durante años he guardado celosamente en mi memoria; mi más preciada pertenencia.
Yo era joven y desgraciada. La vida había cargado a mis espaldas un marido alcohólico que desapareció en cuanto hubo otra que le aguantó con más paciencia. Me dejó con tres hijos que alimentar, muchas deudas que pagar y varias señales en el cuerpo.
Sin preparación ninguna, tiré de mis dos manos para echar adelante. Trabajaba día a día limpiando allí donde me llamaban, sin preocuparme por las horas, ni amedrentarme por el cansancio. Mi único objetivo era llegar a mañana con la nevera llena y sin recibos devueltos.
Entonces, una de las señoras para la que limpiaba, sufrió un derrame cerebral y sus hijos la ingresaron en una residencia.
Yo tenía afecto por aquella anciana dama venida a menos, y al margen del trastorno económico que para mi suponía esas horas de menos, sentí mucha lástima por ella.
Solía hacerme parar el trabajo a media mañana para que preparara dos tazas de chocolate con bollos. Nos sentábamos en su inmenso salón lleno de fotos antiguas, y mientras almorzábamos, ella me hablaba de tiempos pasados, cuando aun era dueña de sus fuerzas y de su memoria. A menudo me tenía preparada una bolsa con comida y algunas golosinas para mis hijos.
Esa misma semana, me quedé sin mi otra fuente de ingresos y el mundo se me vino encima.
Recuerdo la mañana en que me levanté sin trabajo al que acudir. Sola en casa, con los niños en el colegio, y sin nadie a quien pedir ayuda. Por alguna extraña razón me acordé de mi vieja dama, la única persona que me había tratado con respeto y afecto, y decidí ir a visitarla.
La residencia era una mansión. O al menos, eso me pareció a mi comparada con el bloque de hormigón en el que mis niños y yo sobrevivíamos. Rodeada de jardines soleados, los vejetes paseaban de la mano de enfermeras, o en pequeños grupos entre animadas conversaciones. Algunos jugaban a la petanca, otros, en silla de ruedas, dejaban su mirada perdida en cualquier rincón de ese hermoso lugar.
Entré en la amplia recepción sintiéndome pequeña y fuera de lugar.
Una administrativa de sonrisa tan blanca como su uniforme me preguntó que qué deseaba. Le contesté que buscaba a mi señora, para hacerle una visita.
Ella tecleó un par de segundos en su ordenador y cambió su semblante. Me informó de que la anciana había fallecido hacía apenas dos días. No lloré, no me quedaban lágrimas, pero sentí el vacío de la madre que no tuve.
Entonces reparé en el letrero del tablón. Se necesita señora de compañía para cuidar a anciano. No entendí muy bien esa necesidad justamente en aquel lugar.
-Disculpe,-pregunté de nuevo- Ese anuncio…
Y así fue como le conocí.
Ernesto era un anciano millonario que por voluntad propia, había decidido donar sus bienes en vida a sus herederos, y olvidarse del mundo. Conservaba, eso si, una considerable renta que le permitía excentricidades como la de tener una cuidadora en exclusiva. Y esa iba a ser yo.
Esperaba a un ser con limitaciones, débil y enfermo. Pero para mi sorpresa, Ernesto tenía mejor forma física que yo y un humor envidiable.
Me miró a los ojos y me preguntó-¿te gusta leer a las personas?
Y aun que no entendí muy bien a qué se refería contesté,-Me gusta leer y me gustan las buenas personas, señor.-
-Entonces háblame de tú, y de ti.- respondió.
Esa fue toda mi entrevista de trabajo. Acordamos un horario flexible, que me permitía atender a mis hijos y tener mi propia vida, y un salario con seguridad social incluida que sobrepasaba con mucho mis expectativas y necesidades.
Ernesto era peculiar en todo. Vestía ropa cara pero cómoda, que le daba cierto aspecto bohemio pero cuidado. Desde el mismo día que le conocí, cargaba siempre con un libro de tapas duras y desgastadas.
Con frecuencia, se sentaba en el jardín junto a uno de esos enfermos de mirada extraviada, y les leía largo rato de ese libro.
Un día, lo dejó abierto sobre el banco de madera mientras se acercaba a saludar a una ancianita que paseaba con andador.
Entonces fue cuando vi que todas las páginas del libro estaban en blanco. Levanté la mirada sorprendida, y la enfermera que acompañaba a Doña Adela- así se llamaba la pequeña dama-, me sonrió llevándose un dedo a la boca en señal de silencio.
Más tarde estuve hablando con ella. Me contó que Ernesto sufría una demenciación leve muy peculiar. Todo el trastorno consistía en que leía un libro de páginas en blanco. Y realmente creía estar leyendo. Yo misma le había escuchado recitar un pasaje entero de El Quijote a Julián,-un bombero de unos sesenta años que se había quedado tetrapléjico al salvar a un niño en un derrumbe. Tuvo el tiempo justo de sacar al pequeño, pero el techado cedió, rompiéndole la espalda-.
A Margarita,- una viejecita que se creía adolescente, y esperaba día a día una carta de su amor-, le leía Como agua para el chocolate.
A mi misma, cierta tarde lluviosa en la que no pudimos pasear, me preguntó si deseaba que me leyera un rato. Habíamos estado hablando de mis hijos, del cambio de casa. Ahora vivíamos en un barrio obrero, con jardín y la escuela a dos pasos. Teníamos calefacción, lavadora y hasta una tele con video. La seguridad era una sensación nueva para mí, y yo era feliz.
Ernesto sonreía con estas cosas. Para cualquier persona que hubiera vivido toda su vida rodeado de lujo, mis pequeños logros serían minucias. Pero no para mi caballero. Se le iluminaba la mirada cuando le contaba mis historias domésticas, cómo poco a poco, había conseguido llevar nuestras vidas a una normalidad.
Era mucho lo que yo tenía que agradecerle. En realidad, era todo.
Esa tarde abrió el libro y leyó para mí. Yo aun no sabía que las palabras procedían de su mente extraviada, y que no estaban impresas en el papel.
… La mayoría de las gaviotas no se molesta en aprender sino las normas de vuelo más elementales: como ir y volver entre playa y comida. Para la mayoría de las gaviotas, no es volar lo que importa, sino comer. Para esta gaviota, sin embargo, no era comer lo que le importaba, sino volar…

Me leyó Juan Salvador Gaviota.Y me reconocí palabra por palabra en aquella gaviota que luchaba contra la imposición de circunstancias, incluida su propia condición. Yo también había volado en picado, pese y contra el mundo entero.
Me di cuenta de que mi querido Ernesto le leía a cada persona el libro que mejor le definía. Aquel que recogía su esencia.
Nada cambió para mí el saber de su locura. Muy al contrario, me fascinaba cómo utilizaba hasta su demencia para ayudar a las personas. Y le quise más por ello, era mi referente paterno, mi mentor y mi amigo. Poco me importaba si estaba cuerdo o no.
Pasaron años, los más felices de mi vida. Y a lo largo de ese tiempo, fueron muchas las veces en las que leyó para mí. Siempre el mismo libro imaginado en aquellas páginas en blanco.
Un día, como cada mañana, acudí a su habitación. Y le encontré acostado, con las gafas de oxígeno puestas, y mil cables saliendo de su cuerpo, conectados a máquinas extrañas.
Mi viejito agonizaba.
El médico habló conmigo, como lo hubiera hecho con el familiar más cercano.
-Ernesto se nos va,-me dijo cogiéndome las manos.- Su corazón ha dicho basta, y nada puedo hacer por evitarlo. Pero te prometo que no sufrirá.
Luego, Miguel-que así se llamaba el médico-, me abrazó permitiendo que llorara como hacía mil años que no lo había hecho.
-Venga, límpiate esa cara, que él te espera. Sabe que se muere y no deja de preguntar por ti.
Entré en la habitación. Estaba tan pálido y se le veía tan frágil…
-Ernesto- le llamé con un hilo de voz.-
-Vaya,-sonrió- tengo que estar muriéndome para que por fin me llames por mi nombre.
No pude evitar que las lágrimas resbalaran por mi cara.
-Quita, quita,- me dijo levantando las manos- ven aquí, mi niña.
Me acerqué a la cama y cogí sus manos sin poder responder.
-No debes llorar, pequeña- como siempre, su voz era paz pura.- Yo ya he aprendido cuanto debía, y justo es que descanse.
Respiraba con dificultad, y sus labios amoratados, temblaban entre palabra y palabra.
-Tú has sido una bendición durante todo este tiempo, y quisiera de alguna manera expresarte todo el agradecimiento y afecto que siento por ti.-
No me permitió protestar.
-Os he legado una renta a ti y a tus hijos para que no tengáis que volver a preocuparos por el mañana. Pero a ti, mi Juan Salvador Gaviota, te dejo mi libro.-Me señaló el escritorio donde estaba.- ¿Te importaría leer para mi?
Cogí el libro, consciente de que no había nada escrito que leer. Lo abrí por su primera página, y simplemente leí.
… Miren con atención este paisaje para estar seguros de reconocerlo, si viajan algún día por el desierto de África. Y si llegan a pasar por allí, les suplico que no se apuren y que esperen un poco, justo bajo la estrella. Si entonces se les aproxima un niño, si ríe, si tiene cabellos dorados, si no responde cuando se lo interroga, podrán adivinar de quién se trata. Entonces, sean amables. No me dejen tan triste, escríbanme pronto que ha regresado...

No me preguntes cómo, pero hoja a hoja, le fui leyendo El principito a mi viejo y noble soñador. Con la última palabra, él se marchó a su estrella particular.
Cerré el libro y lo abracé contra mi pecho. Las máquinas estallaban en pitidos paroxísticos, y el personal sanitario rodeaba su cama intentando reanimarle. Pero yo sabía que mi príncipe no iba a regresar.
-Pobre anciano-comentó una enfermera-, era encantador pese a su locura.
-¿Loco?-le contesté- Jamás conoceré a nadie más cuerdo que él.

Y a ti, lector de este libro de páginas en blanco, gracias por saber ver sin necesidad de mirar, la historia de esta anciana que sufre tu misma locura.
Tuyo es el libro.

P.D.Post extra largo. Mil perdones.
Vivimos tiempos difíciles, ayer fue un día especialmente duro. Pero quiero pensar que por cada desalmado, por cada perverso indeseable , existen cientos de Ernestos por los que merece la pena levantarse y seguir caminando.
Mi más sentido pésame a las familias de Mari Luz e Isaías.
Y a los hijos de puta que nos privaron de su existencia, recordarles que mi voluntad y la de resto de personas humanas, pesa más que sus armas y su depravación.
Rescatado de mi blog en ya.com

1 comentarios:

DeYaPuntoCom me dijo:

Dime:
He llegado por casualidad aquí y ya no me quiero ir. Has creado un universo mágico, maravilloso. Gracias. Nos veremos entre líneas.
ÉonoÉ Miércoles, 19 Marzo 2008 18:29 (Correo) (Web)

Dime:
Hola, llevo dias sin entrar peri hoy quise darme un paseito por aqui...se que son tiempos dificiles, en tooodosss los sentidos, pero...no hay que dejar que los malos ganen, no hay que tirar la toalla, aunque cueste, como J. S. Gaviota...ahi erre que erre ....aunque nos revuelvan el estomago...cuanta mas unión haya..peor se sentiran... Me uno al dolor como todos... por cierto, deseo que todo vaya normalizandose, tu trabajo, la salud de tu familia....
Se feliz..
Pepa Sábado, 15 Marzo 2008 17:14 (Correo) (Web)

Dime:
Mati, el derecho al pataleo nadie nos lo quita. La vida es tan dura como sorprendente. Solo debes saber mirar.
Un abrazo.
Andaya Viernes, 14 Marzo 2008 22:35 (Web)

Dime:
Yo...no puedo más...mis lágrimas están secas ya y duelen cuando lloro....la vida es demasiado rura...demasiado ingrata..pero no debo quejarme...
mati Viernes, 14 Marzo 2008 22:10 (Correo)

Dime:
busco a jade si me lees escribeme te extraño
gugo Miércoles, 12 Marzo 2008 01:26

Dime:
Andia,tú hubieras dado la vida por ese angelito. Pero no era decisión tuya.
La falta de oxígeno en tu sangre favoreció esa infección. Pero no hay culpa en ello,hiciste cuanto pudiste por protegerle,y el poquito tiempo que estuvo en este mundo, recibió todo el amor de su madre; tú.
No hay culpas Andia, no tienes culpa de nada. Ahora debes recuperarte físicamente, ponerte bien fuerte para poder recibir a esos nenes que esperan nacer y tener una madre como tú.
No temas cielo, desde donde esté, tu bebé sigue teniendo a su madre.
Un fuerte abrazo, y escribe cuando y cuando gustes. Aquí o en mi correo.
andayaa@gmail.com
Andaya Lunes, 10 Marzo 2008 21:43 (Web)

Dime:
hola, llevo mucho leyendote, debo decir que escribes delicioso,... sabes? hoy estoy triste... mi bebe a muerto, a las 24 hors de vida, hace 7 dias aun lo sentia dentro de mi, aun jugaba con el, estando yo acostada durmiendo y obedeciendo el reposo que el medico mando... el martes 4 de marzo me programaron a cesaria, por que presentaba cuadros de asma segun originados por el embarazo, sin embargo lejos de estar feliz por que por fin conoceria a mi bb me sentia nerviosa pues con 36 semanas 4 dias veia a mi doctor tituveante... nacio Gaelito y el 5 de marzo murio... le he llorado y no encuentro explicacion, los estudios las ecografias decian que era un bebe sumamente sano de 2,900 nacio con 3,050 maduro y con calificacion pronosicada de 9... ¿que paso? no lo se, yo nunca vi a la pediatra que lo atendio, los papeles de defuncion no los dieron por la noche ya cuando mi bb y yo estabamos en casa, y decia que mi bb murio por neumonia intrauterina... yo solo sabia que no podia respirar sin ayuda...
Perdon, yo solo queria contartelo, contarselo a alguien, y tal vez se me hace facil hacerlo con tigo por q no me conocs y puedo decir que me siento sumamente culpable, pienso que yo enferme a mi bb, a nadie lo he dicho solo a ti... gracias por escucharme
Andia Lunes, 10 Marzo 2008 20:09

Dime:
A mi también me ha gustado mucho tu no relato, digo no relato porque mi iaio se llamaba Ernesto, y era muy parecido al que has descrito. Bueno... yo sus últimos días no los viví porque falleció muy lejos de mi en una tierra demasiado extraña para él. Enfermó en Barcelona y murió en Sydney.

Así que mis últimos recuerdos de él, son viéndole con prisas, sus maravillosas prisas. Por su culpa empecé a leer, primero con cuentos, luego con cómics, más tarde llegaron las enciclopias y finalmente los libros.
Sefarad Domingo, 9 Marzo 2008 16:14 (Web)

Dime:
Qué pena, Andaya, que no dispongas de más tiempo para escribir. Este relato es precioso, me ha encantado!

En cuanto a lo otro, somos más que ellos. Descansen en paz Isaías y Mari Luz.
Kundry Sábado, 8 Marzo 2008 23:50