domingo, 25 de febrero de 2007

DOS CUENTOS CHINOS Y UNA HISTORIA PARA NO DORMIR

Estoy agotada y no tengo el cuerpo para tonterías

Mil años haciendo radiografías y hace unos meses tuve que hacer un curso para capacitarme. Pues bueno, ahora que ya tengo el papelito resulta que obligatoriamente he de hacerme una revisión médica anual con el protocolo de radiaciones ionizantes (glups). Así que esta semana me fui a ver a mis compañeros de prevención.
En entrar a la clínica, guardé mi Ojo de la ciencia en el bolso y como buena paciente esperé mi turno, más feliz que una perdiz, porque hasta donde yo se, estoy sana (si obviamos un par de cosillas que a nadie le importan).
El médico era un señor que más que canas pintaba poco pelo blanco con brocha gorda.
-Siéntese, siéntese- me dice muy estirado sin mirarme siquiera. Sobre la mesa, mi expediente donde consta mi fecha de nacimiento, mi profesión y mi puesto en la empresa.
-Ummm… radiaciones ionizantes ¿técnico en instalaciones?- Me pregunta ya mirándome.
-No, no, directora. Soy médico-respondo.
Ah- su actitud cambia- Pues no te recuerdo ¿Cuánto llevas con nosotros?-Me armo de paciencia, todo eso está en mis datos. Y como si me leyera el pensamiento, se fija en el expediente.- Dos años, claro, debe de hacer poco que acabaste la carrera.
Me río.-No, no, tengo treinta y ocho años y llevo el fonen colgando mucho tiempo ya.
-Vaya, pareces más joven- Y tú Mr Magoo, pienso.
Comienza con la historia clínica y tengo que recordarle varias veces mi edad y mi profesión mientras soporto clases dogmáticas sobre algún fármaco. Oyéndole, tengo la sensación de que él descubrió los estrógenos y empiezo a sentirme como en mis viejos tiempos de facultad, cuando a primera hora de la mañana aparecía el catedrático de anatomía patológica y se comportaba como una diva de escena.
Una vez termina la anamnesis, comienza la exploración física. No recuerdo si alguna vez he comentado que hace unos años me operé el pecho. Fue de rebote. Me diagnosticaron un problema en la cara que implica un tratamiento muy largo (por no decir crónico) con agujitas y demás placeres. Entonces me dio el punto y decidí arreglarme el pecho. Craso error. Más que nada porque era algo que nunca me había preocupado ni me quitaba el sueño. Así que pasé por quirófano (si alguien os dice que el postoperatorio no duele; miente) para seguir llevando mis suéter de cuello alto. Al principio no era consciente de mi propio volumen y andaba incómoda tropezándome con todo (es lo que tiene pasar de Castellón de la Plana a otras provincias más accidentadas). Para colmo de males, no me dejaba un andamio vivo y pasaba una vergüenza propia de adolescente cada vez que me gritaban desde alguna obra.
(Lo juro, todo esto tiene que ver con el post)
Llega el momento de la auscultación. Me tumbo, me subo la camisa.
Diez minutos.
Diez minutos de auscultación. Tumbada, en decúbito oblicuo, sentada, sentada inclinada hacia delante…
El kamasutra del fonen. Yo estaba negra ya. No sabía ni donde mirar mientras aquel hombre ponía cara de concentración absoluta sobre mis airbags.
Entonces es cuando me dice que tengo un soplo protodiastólico mitral y que tengo que hacerme una ecocardiograma porque con los años desarrollaré una estenosis mitral (traduciendo: chungo).
El cuerpo se me hubiera quedado de jota, de no ser porque en julio me hice dos electros y me visitó el cardiólogo. El estrés en aquella época, casi acaba conmigo y terminé en urgencias con una taquicardia. Por supuesto, todas las pruebas fueron normales.
La exploración prosiguió. Ahora tocaban las articulaciones. Empieza explorando las piernas. Tengo una subluxación espontánea de cadera izquierda, de modo que en determinados movimientos forzados se nota como un resorte.
Mr Magoo pone cara de ¿y esto qué es?.
-Tienes tocado el tendón rotuliano- ”Ahí le has dado”, pienso. Y me trago como puedo la carcajada.
-Doctor- le digo,- que el resorte lo noto en la cadera, no en la rodilla.- Pero ni caso. El pobre hombre andaba todo obsesionado con mi rótula y de ahí no conseguí sacarle.
Luego venía la exploración de raquis (espalda) y las pruebas de equilibrio (si, si, lo de llevarse el dedo a la nariz con los ojos cerrados; andar a la pata coja y demás numeritos). Y yo, que llevaba unas botas con un tacón de aguja de unos ocho centímetros, le sugerí que tal vez fuera más adecuado quitármelas.
Pero a Magoo le da todo igual, con tacones y todo me palpa las apófisis espinosas (me soba la espalda) y me habla de lo buenas que están… digo que son mis articulaciones.
La exploración la acabé en enfermería, donde descubrí que me he encogido un centímetro y he engordado un kilo. Lo del peso me da igual, cincuenta y tres no está mal. Pero lo del centímetro me tocó la moral, que una no anda por las alturas. Con uno sesenta y dos ya puedo considerarme edición bolsillo.
Al final salí de la clínica diagnosticada de una patología cardiaca y otra osteoarticular que no existen. Dos cuentos chinos.
Imaginarme a Mr Magoo leyendo mis analíticas me va a provocar pesadillas. Una historia para no dormir.


Durante la revisión, no me quitaba esta cancioncilla de la cabeza. Se llama Holly Dolly, un boom en internet.



25 de Febrero

Rescatado de mi blog en ya.com

domingo, 18 de febrero de 2007

PALABRAS


No son palabras las que me arrastran por dentro. Son sentimientos que me agitan como el viento al cabello.
Y no controlo. No domino. Hoy no hago pie en este hueco en mi pecho.
Triste muñeca de trapo de boca cosida y ojos abiertos, dueña de un destino que no es suyo.
No son palabras las que me llenan por dentro.
Solo algodón blanco.

Hay momentos para todo, incluso para el silencio. Hoy no debí escribir. Hoy, como tantos otros días, debía callar en espera de tiempos mejores.
Y tal vez sea por esa obstinación en nadar contra corriente, o simplemente fue el aburrimiento lo que me trajo al teclado. Sin saber muy bien qué quiero decir, o qué quiero callar.
Estoy agotada en todos los aspectos, no se si me entendéis. En ese punto en el que si paras, sabes que no serás capaz de levantarte y seguir adelante. Tirando de inercia y no se muy bien de qué más. Y aun que no es momento de balances, no puedo evitar echar la vista atrás, en una cabezada absurda y a deshora. Cuánto pesa el camino. O tal vez sea el tiempo.
De todos modos ¿qué importa?, continuaré andando aun que hoy no sepa porqué.



P.D.Ni mucho ni poco caso a mis palabras, no dejan de ser eso mismo. Dejemos que se las lleve el viento a donde mejor le parezca.

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