viernes, 19 de enero de 2007

EL CAPITÁN MALAFORTUNA


Una sola nube es capaz de ocultar el sol. Aun que tenga el tamaño de una avellana.

El sonido de sus pasos acercándose por el pasillo me anuncia su llegada. Viste de negro por entero; jubón de mangas acuchilladas, pantalón de terciopelo entremetido en unas botas de corsario que alcanzan la rodilla, capa de fina lana .Sólo el cuello de la camisa y una larga pluma de avestruz en su sobrero de ala ancha rompen la oscuridad de su atuendo.
Sombrío de gesto, parco en palabras. Delatado por sus inquietantes ojos negros y una sonrisa sardónica que oculta bajo un fino bigote.
Pero hoy su mirada y su boca visten el mismo traje de luto.
Su esposa, LadyLors le acompaña, tan sombra, tan callada como él.
Una semana atrás le tuve en consulta.
-¡Pardiez doctora! Decidme lo que veis. Tanto si es bueno como si no lo es. Yo se bien que los gusanos tardarán en probar el cuerpo de este viejo corsario, que mala yerba nunca muere, como vos bien sabéis.- Malas leguas decían que años ha, fue pirata en los mares del sur. El capitán lo sabía y gustaba de bromear.
Precisamente él, que dedicó su vida a detener a pillastres y malhechores. Él, que recorrió las calles del burgo procurando seguridad a sus gentes.
Miré el TAC detenidamente, leí el informe y decidí que las mentiras sobraban con aquel hombre que había sobrevivido a un transplante hepático.
-No me gusta Fortuna, no me gusta nada.
Recordaba perfectamente cuando le conocí. Era la sombra de su sombra. Caquéxico, consumido por ese hígado maltratado por años de malas costumbres. Piel cetrina, del color de la bilirrubina que su órgano se negaba a limpiar. Un abdomen ascítico que le daba aspecto de batracio glotón-Sapo gordo, como decía él.
Tras la intervención, su vida y la de su familia cambiaron radicalmente. Aprovechaban al minuto esa segunda oportunidad que el destino- o la ciencia- les había brindado. Atrás quedaron los años de angustia, la espera dolorosa, la incertidumbre de no saber si llegarían a tiempo.
MalaFortuna recuperó su apresto y LadyLors la sonrisa.
Un año después les tenía sentados frente a mí.
-Contadme pues, qué os dijo el cirujano.- La mujer se empequeñecía en su miriñaque, estrujando inconsciente un pañuelo entre sus manos. Dedos anchos, trabajados, impropios de una dama pero evidencia de una gran mujer luchadora.
-Es malo doctora, tengo un cáncer del tamaño de una avellana en mi pulmón. ¡Mal viento me lleve! ¿Habrá otro hombre que mayor honor haga a su apellido?- golpea la mesa con fuerza. La pantalla de mi ordenador parpadea.
-No blasfeméis esposo. Jamás hubiera pensado que una avellana os haría llorar como un niño. ¿No pudisteis con un hígado del tamaño de un buey? Pues a este tan chico polvo le haréis.- LadyLors agita los bucles de su peinado, repartidos a ambos lados de su cabeza.
Yo me recoloco mi peluca blanca estilo Maria Antonieta, bastante impropia para la consulta, pero la única en la que me cabía mi Ojo de la ciencia.
Haya paz, haya paz…¿Os vais a rendir de buenas a primeras ante semejante bicho pequeño?- Apelo a su orgullo como último recurso.
-Pequeño, pero bicho.
-Bicho al fin y al cabo.- Mi ojo parpadea ante la evidencia, pero yo le empolvo las pestañas hasta hacerlo cerrar entre lágrimas alérgicas; no es momento para la objetividad.- Os batiréis como el caballero que sois y yo seré madrina de ese duelo. ¿Cuándo arrojáis el guante?
-El miércoles, Maese Cirujano extraerá el mal y el pulmón entero si hubieren ramas.
-Allí estaré para certificar su fin. Valor Capitán, valor.-De repente el corsé me asfixia. Siento el corazón en mi garganta y por un momento temo llorar con mis tres ojos.



Post ScriptumBuena suerte mi Capitán, la mereces. Cuando abran ese pecho tan lleno de nobleza, no tendrán cabida más que el cariño de los tuyos y el de esta médico que velará por ti.



25 de Enero

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domingo, 7 de enero de 2007

LA MIRADA DEL CAFE


Menuda, callada, con cara de niña. Unos enormes ojos azules con esa mirada infantil mojada de expectación, cubierta de incertidumbre.

Sin embargo, sus huesos cargan casi medio siglo de penas, arrastrando en cada paso mil historias que contar.
La veo cada día en el café y a la hora de la comida. Sentada en su rincón, con un cortado a medio tomar. Sola, siempre sola, así se escapan sus mañanas. Abstraída de cuanto le rodea, pasa las horas escribiendo notas en servilletas de papel, para luego copiarlas en una pequeña libreta que siempre le acompaña. A veces mira la taza en silencio, como intentando encontrar en el poso la palabra adecuada. Otras, niega con la cabeza y tacha algo de lo escrito. Letra pequeña, amontonada como los recuerdos.
Responde al saludo tímidamente y al cabo de meses, hasta me hace algún comentario banal.
-Hoy si que hace frío ¿verdad?- Su voz de niña desmiente las arrugas que enmarcan sus ojos. Timidez en sus gestos, mesura en sus palabras como si temiera un desprecio en las mías.
En el café ya la conocen, y con el tiempo guardaron sus miradas de extrañeza en la caja registradora y le sirvieron ración doble de intimidad y silencio.
Intento no molestarla, pero no puedo evitar mirar con curiosidad esas hojas manuscritas. Nunca me atreví a cruzar la barrera y pasar de coincidir a ser; preguntarle por sus pensamientos, el porqué se empañan sus ojos mientras escribe como si firmara una sentencia en blanco.
No hace mucho vino a mi consulta con su hijo. Un muchacho de estos que te hacen querer cruzar de acera si te lo tropiezas en la calle. Un contraste imposible entre esos dos seres que comparten vida y apellidos, pero poco más.
Empecé a entender de sus silencios. Sin romper la distancia, sin buscar respuestas.
Y me pregunto, cómo puede mantener esa mirada tan limpia, tan mojada de expectación, tan cubierta de incertidumbre.



P.D.La iaia se apaga como una vela tranquila que agota su mecha. Pasa el día en un duermevela, pero sonríe más que nunca. La veo feliz y en paz. Y me conformo con ese final, porque somos productos caducos al fin y al cabo y he de aceptar que debe de irse. Quiero decirle adiós con esa sonrisa que la convierte cada vez en más niña.

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