sábado, 10 de marzo de 2007

HISTORIAS DE UNA MANO MUERTA


Antoine era un niño solitario, tranquilo más que huraño. Nacido en plena campiña francesa, acostumbraba a vagar por entre las viñas que rodeaban la abadía, lejos del pueblo donde la gente le rehuía y tenían por loco. Hijo del hornero, creció entre monjes y sacos de grano. Quiso el destino que el día de su bautismo, el capellán encargado de darle las aguas, tuviera peor pulso que de costumbre y resbalándole, dio de cabeza en la pila que debía limpiar su alma. Desde ese mismo día Antoine sufría frecuentes ataques de convulsiones que desmadejaban su pequeño cuerpecito como si de un guiñol se tratara. El abate se apiadó del hornero, o tal vez fue porque no había otro que supiera cocer el pan. Como quiera que fuera el caso fue silenciado y la Santa Inquisición nunca señaló al pequeño como poseso o endiablado.
Era usual verlo pasear solo por la campiña, correteando con su perra Canela. Siempre con sonrisa perenne, la mirada soñadora con ese punto pícaro que solo poseen los verdaderamente inocentes. No tenia amigos, sus propios hermanos le miraban de reojo y evitaban ser vistos en su compañía. En el pueblo, los demás niños le perseguían y se burlaban e él en las contadas ocasiones en que bajaba solo a por cantaros de agua. Debía doler imagino, pero Antoine parecía no ser consciente del rechazo del que era objeto. Algunas veces, él mismo asustaba a las muchachas que andaban por la plaza, o se reía de los insultos, como si cosa de gracia fueran.
Su padre no intentó enseñarle el oficio, en parte por el desinterés de Antoine, en parte por no tenerle cerca. La madre del niño era otra cosa, le protegía cuanto podía, pero con mano férrea que a Antoine se le antojaba abusiva. Y sin embargo la adoraba. Podía pasar las horas muertas mirándola mientras esta cosía. En las tardes de invierno, cuando la nieve le impedía pasear, Antoine se acurrucaba sobre su regazo, mientras esta zurcía los hábitos y le cantaba canciones de princesas perdidas.
Un buen día Antoine conoció a uno de los nuevos monjes, un adolescente recién salido del noviciado. Como toda energía joven, este monje estaba lleno de buenos propósitos e hizo de Antoine su "obra". Se empeñó en enseñarle a leer y escribir. No fue empresa fácil. Días y días de duros castigos, lágrimas desbocadas que no le restaban esfuerzos. Y finalmente aprendió. Lo que en un principio fue el peor de los destinos se convirtió en la llave mágica que abría mundos lejanos a los ojos de Antoine. Casi como un milagro, de pronto aquellos garabatos que el monjecillo le hacia repetir mil veces, tomaron sentido. Su madre no cabía en si de gozo.
-Vaya, su niño podía leer y escribir, ni siquiera su padre sabía hacerlo.-
El hornero miraba con desconfianza a su hijo y sentía una mezcla de sorpresa y orgullo con algún tinte de culpabilidad.
Antoine dedicaba cada día más horas a la lectura y la escritura, unas veces en la biblioteca monacal, para lo que el abate le dio dispensa especial, otras en su habitación. Ya no salía con Canela. Tampoco bajaba a por agua. No insistía en ir con sus hermanos y hasta dejó de acompañar a su madre en las frías tardes. Poco a poco, también dejó de acudir a la abadía. Se encerraba horas enteras en su cuarto, y las horas pasaron a ser días. Antoine enflaquecía, su piel pálida de por sí, traslucía un tinte verdoso y enfermizo. De nada valieron las preguntas de su madre, ni las amenazas de su padre. Por toda respuesta recibían esa mirada profunda como un lago; esos enormes ojos pardos, casi hundidos ya en ojeras.
Pasaron los días, que ya incluían las noches. Podía verse la luz de las velas por el quicio de la puerta. Hasta que una noche, su madre angustiada al límite, decidió enterarse como fuera de lo que pasaba con su niño y entró en su habitación buscando respuestas. Estaba vacía, hecha un revoltijo de manuscritos de puño y letra de Antoine.
Leyó. Y lo que leyó la maravilló. Historias de mundos extraños que derrochaban fantasía y creatividad. Personajes de mil matices, vidas con tonalidades y colores diversos. -¡Su niño era un genio!- Entre lágrimas y sonrisas fue leyendo y leyendo hasta que dio con un pequeño pliego distinto al resto. La letra era burda e imprecisa. Tanto que al principio pensó que no era de Antoine. Pronto entendería cuan equivocada estaba.
-No puedo más, no lo soporto,-comenzaba el escrito.- Me domina, no me deja vivir. Ella me esclaviza, me obliga a escribir sus historias y no me deja vivir la mía.
La mujer miraba horrorizada las hojas presintiendo la angustia de su hijo sin acabar de comprender nada.
-Mi mano, esta mano que ahora descansa agotada, es dueña de mi vida. Hasta para escribir esto tengo que hacerlo con la zurda. No puedo más, tengo que deshacerme de ella o se adueñará por completo de mi existencia. Debo matarla- El pliego acababa así.
La mujer salió desesperada en busca de su esposo. El buen hombre, apenas alcanzaba a entenderla pero juntos recorrieron la casa buscando al pequeño.
Le encontraron en la leñera, desangrado. Antoine se había cortado la mano.
-A él lo enterraron en camposanto. A mi, me tiraron al estercolero. Y aquí estoy, sola, sin dueño, sin nadie que escriba mis sueños.-




Des'ree. Esta canción tiene la virtud de cambiarme el humor.

P.D.Este cuento lo escribí hace mil años. No sabía dónde lo había metido y hoy me tropecé con él (como con la canción). Eso me pasa con las cosas que guardo muy bien para no perderlas. Claro, luego no hay dios que las encuentre.

Rescatado de mi blog en ya.com

1 comentarios:

DeYaPuntoCom me dijo:

Dime:
Da igual, si es que lo van a hacer, ¡en algún lado tenía que soltarlo! Jajajaja
Sefarad Domingo, 11 Marzo 2007 21:51 (Web)

Dime:
Jajajaj anda, que sino lo sueltas revientas.
Andaya Domingo, 11 Marzo 2007 19:29 (Web)

Dime:
Con algo de suerte no te lo copian y se vanaglorian de que es suyo el relato, y tranquila que no me leen porque nunca leen los comentarios. Sólo COPIAN Y PEGAN.

En fin, ya sabes que me gustaba y me sigue gustando. Aunque sigue recorriendo un escalofrío por mi espinazo.
Sefarad Domingo, 11 Marzo 2007 19:25 (Web)